Hace poco recibí un enlace con un vídeo que me hizo pensar mucho, y más dedicándome profesionalmente a las nuevas tecnologías y siendo un aficionado entusiasta de las mismas.
Dicho vídeo trata de algo que todos los que utilizamos dispositivos electrónicos a todas horas sabemos, aunque no lo comentemos habitualmente. Realmente somos cómplices, participes y a la vez víctimas de esta “obsolescencia programada”.
Comencemos definiendo el término, que creo queda bastante claro. Consiste en la fabricación de los productos con una fecha de caducidad programada, diseñándolos de forma que el fabricante sepa que dejarán de ser totalmente funcionales o incluso, se estropearán, en un tiempo establecido. Lógicamente este periodo de tiempo es siempre ligeramente superior al de garantía anunciado o establecido por ley.
Así que como consumidores debemos estar tranquilos y seguros de que, al menos durante el periodo de garantía, un artículo o las partes que lo componen no se estropearán. Pasado ese tiempo, ¿nos debemos echar a temblar? Pues sí, según la dependencia que tengamos de ese artículo.
Como bien se explica en el documental, la obsolescencia programada ha sido uno de los motores básicos de la economía moderna y, de momento, lo sigue y lo seguirá siendo.
Pero algo está cambiando y el alto desarrollo tecnológico, la revolución de la información, se está volviendo en contra de este sistema. Estamos mucho más informados de todo lo que pasa a nuestro alrededor y al otro lado del mundo y, a pesar de seguir formando parte de un rebaño controlado, el porcentaje de ovejas negras se ha hecho mucho más significativo y muchísimo menos manejable.
Pero lo que más me preocupa de todo esto es, ya no tanto el consumismo excesivo, que también es altamente dañino, sino el reciclado y desecho de los artículos sustituidos. Una explicación transparente como el agua la podemos encontrar en este otro vídeo (solo en inglés), que se centra en los artículos electrónicos.
Y creo que es en este aspecto, el reciclado y/o desecho, donde más debemos y podemos actuar. Ha habido varios intentos, por llamarlo de alguna forma, como las tasas para reciclado o los planes “renove”, pero creo que ninguno con el efecto deseado a largo plazo.
Las tasas para reciclado o recuperación es algo que siempre pagamos íntegramente los consumidores y es una forma de monetizar el deterioro que ocasionamos al Planeta por el desecho del artículo, una forma de aplacar nuestra conciencia por destruirlo. son contadas las ocasiones en las que se realiza una recuperación adecuada o realmente efectiva.
Además, cualquier tasa acaba por diluirse en el precio final del producto, siendo asumida por el consumidor y no afectando al mercado del producto ya que lo seguiremos consumiendo de la misma forma y con la misma frecuencia.
Basándonos en el principio de la obsolescencia programada, quien marca el cuando y como un determinado producto va a dejar de ser útil y funcional, no es el consumidor, que querría que durase indefinidamente, sino el fabricante. Por ello debería ser éste el que asumiera los costes del reciclado.
¡Pero no seas tonto, Jesús! Me vais a decir ahora. Si el fabricante asume esos costos los va a repercutir en el usuario. Pues claro que lo sé. Pero si fuesen realmente obligados los fabricantes a asumirlos, tendrían la posibilidad de utilizarlo para que sigamos consumiendo SU producto, y no el de la competencia.
También nos preguntamos todos qué puede hacer un país como España para imponer este tipo de ideas a las grandes corporaciones, pues de algo tiene que servir estar dentro de la Comunidad Europea. Un mercado de esta dimensión si debe tener algo que decir y creo que posee el poder suficiente para modificar las cosas.
Personalmente, me considero radicalmente contrario a esta filosofía de fabricación, en el sentido de que solo tiene que ser el propio progreso, el avance de la tecnología, quien “programe” cuando un artículo u objeto debe quedar obsoleto. Y si es tras seis meses después de su compra, pues que sea el consumidor el que elija.
Tiene que ser, por ejemplo, el desarrollo del airbag, el que haga que los consumidores deseen cambiar de coche, y no el que éstos estén diseñados para averiarse en cinco años.
Si todo el esfuerzo de investigación y desarrollo que se dedica a crear productos programados para dejar de funcionar se invirtiese en crear productos más competitivos, más ecológicos, más atractivos, etc., seguro que todo iría, al menos, un poco mejor.
Somos humanos, y la codicia forma parte de nuestra naturaleza, queremos tener un coche mejor que el del vecino, el último modelo de móvil para hacer las mismas tareas que hacíamos con el anterior pero una centésima de segundo más rápido, cambiamos de traje porque esta temporada se lleva con tres bolsillos y no con dos, … Señores fabricantes, jueguen con su capacidad para crear productos mejores, más eficientes, o más atractivos visualmente, pero no nos engañen tan descaradamente, la naturaleza humana juega a su favor, no es necesario fabricar artículos programados para “autodestruirse”.












